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El arduo camino de comprender

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Oír y escuchar son dos verbos con significado diferente. Escuchar es comprometerse, involucrarse en lo que dice el otro para, en nuestro rol de profesionales de la belleza, tomar esa información y descubrir necesidades en nuestro potencial cliente que él mismo quizás no sabía que tenía.

“El hombre tiene dos orejas, dos ojos y una sola boca para percibir cuatro veces más de lo que habla”

Madame de Sévigné.

Escuchar parece algo pasivo. Algo que se hace sin hacer. Pero no. El intento de comprender al otro así como valorar el mensaje que se recibe requiere de un esfuerzo importante. En el salón, por cierto, la escucha es fundamental. No sólo para saber qué es lo que expresa en palabras el cliente sino para saber leer el deseo de éste y, aún más, para aprender a guiarlo en lo que mejor le va a quedar.

En las redes.

Pero escuchar activamente en las redes es diferente. Es mantener abierta la percepción en un universo donde los códigos son acotados por lo que el esfuerzo por comprender es mayor.

Desde las ciencias de la comunicación puede considerarse que la llamada “escucha activa” es algo redundante porque toda escucha debería serlo. Pero en el presente en que se vive, tan lleno de pantallas, de mensajes y estímulos, la atención es un capital más endeble.

Por eso es que se considera a la escucha activa como algo totalmente diferente a la escucha común. Es utilizar todos los recursos disponibles para escuchar consciente e interesadamente a la otra persona aunque lo que diga vaya en contra de nuestros intereses o critiquen seriamente nuestros valores.

Las redes es oro en polvo para la comunicación.

Pero hay que saber usarlas. Y eso no sólo significa abstenerse de hacer una constante autopromoción sino también de saber con exactitud quién es el que está del otro lado hablándonos. Porque nos da una información privilegiada que, si somos capaces, podemos utilizarla para satisfacer sus necesidades y hacerlo nuestro cliente.